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Blood swept lands and seas of red
Por Laia Bárber

 

     Tras la masacre, el frío de noches sin consuelo espió una miríada de cadáveres. Los campos y trincheras de Francia y Flandes fueron un vertedero de cuerpos que no hubo quien enterrara o devolviera a casa para consuelo de sus familias. Privados de una tumba, yacieron expuestos, insepultos. Con el estruendo de la sangre, la primavera de 1919 florecieron sobre ellos amapolas rojas. Hoy son el símbolo que The Royal British Legion utiliza desde 1921 en su campaña anual “Poppy Appeal” para reunir fondos en beneficio de los veteranos de la Gran Guerra.

100 años del inicio de la Gran Guerra
30 países
8.5 millones de muertos
21.2 millones de heridos, y
888 246 amapolas de cerámica por cada británico caído

El artista Paul Cummins y el escenógrafo Tom Piper concibieron una instalación efímera para conmemorar los cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial. El escenario para tan vigente cenotafio fue la Torre de Londres y su circundante foso medieval. Desde el verano, una de las ventanas de la fortaleza ha llorado amapolas (Weeping window) para inundar el foso que evoca ríos de sangre.

En internet se pusieron a la venta por £25 libras, cada una de las 888,246 amapolas de porcelana destinadas a honrar a los precursores de una legión que 26 años más tarde desembarcaría en Normandía; pelearía en Corea e Iraq y encarnaría al último contingente de militares provenientes de Afganistán en 2014. Tras dos minutos de silencio, 21 salvas de fuego, la salutación a los nombres de los caídos y una instalación que priva del aliento y aspira a ser tributo, se recaudaron cerca de £10 millones de libras que se repartirán entre The Royal British Legion, Confederation of Service Charities, Combat Stress, Coming Home, Help for Heroes entre otras organizaciones de veteranos de la marina, del ejército y de las fuerzas aéreas. Once mil voluntarios sembraron y, durante la celebración de la firma del Armisticio el pasado 11 de noviembre, cosecharon amapolas al compás del llamado de trompetas a un lamento masivo. La reina, los príncipes y el pueblo guiados por los guardianes y el Constable de la Torre que fue prisión, mazmorra e infierno, acudieron a conmemorar el dolor desde la belleza y la solemnidad características del espíritu que concibió los funerales de estado de Churchill, La Abadía de Westminster y el London Eye.

Interminables atados de amapolas conducirán el Tour de force que en la siguiente etapa recorrerá ciudades y poblaciones del reino en un caudal de luto sin precedente en la isla. La Gran Guerra como cualquier otra, es una Gran Vergüenza. Ninguna obra de arte por hermosa y evocativa será capaz de redimir la flaqueza que antecede la violencia. Con unos cuantos manchones de amapolas color verde o azul el aliado habría incluido al adversario y matizado el ánimo nacionalista en beneficio de una revisión de nuestra ética de guerra y de paz.
¡No matarás!, reza un mandamiento trillado… a ningún ser humano, habría que agregar, ni judíos ni herejes; ni británicos, franceses, rusos o alemanes; ni menores de edad ni mayores de 65; demasiado humano nuestro errar. Si como podemos deducir de esta cadena de conflictos armados, el mal es tan trivial como plausible, sería pertinente cuestionar en qué han degenerado las diatribas infantiles entre indios y vaqueros. Disparar en primera persona en videojuegos como Medal of Honor, Call of Duty, Gears of War y God of War en el xbox o el play station es una mala señal. Reservemos una porción de esos millones de libras, pares de ojos y brotes de consciencia para sensibilizar sobre la monstruosidad de las armas (cluster bombs/bombas de racimo, el agente naranja, napalm), el doble filo de las secuelas de odio y el asesinato de los jóvenes que encarnan los ideales de nuestras sociedades.

Para Piper la instalación “Luce muy bella,  tanto como lo es la gente y su impulso humano de vida”. Otros habrían preferido que la fosa exhibiera púas y cráneos rotos más acorde a la atrocidad que las amapolas a la vera del Támesis. Florecer no es un ardid casual de la naturaleza para engatusar al polinizador, es la sublime culminación de un ímpetu por sobrevivir y reproducirse. A cien años de la industrialización y profesionalización de la guerra que tanto horroriza como apasiona, conmemorar el dolor con un afluente de flores es tal fútil como buscar apagar un incendio con el vaho de un niño, por más hermoso que parezca el gesto.

 

 

 

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Laia Bárber, Todos los Derechos Reservados © México 2015, (Bimestre Enero-Febrero 2015).