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El juicio de Dios Guión de Frank
Cottrell Boyce, dirección Andy de Emmony

Por Laia Bárber

   

—¡Cállate! No blasfemes, Dios puede oírte.
—Me escucha y no hace nada, él debería estar aquí.
—Pelear con Dios no es blasfemia, hay precedente, Abraham negoció con Dios por Sodoma, Jacob luchó contra el ángel. El nombre “Israel” quiere decir “el que ha luchado contra Dios”.

El juicio de Dios

—El castigo debe ser proporcional al crimen ¿Qué pecado puede justificar un castigo como éste?
—¿Puede dios ser todopoderoso y justo?
—El sufrimiento es obra de Dios.
—¿Mengele y Hitler trabajan para Dios?
—La palabra “holocausto” en el Levítico significa sacrificio a Dios.
—¿Por qué no puede Dios purificarnos sin enviarnos a la cámara de gas?

—¿Tiene alguien algo que decir en defensa de Dios?
—Los hombres hacen sus sociedades a imagen de sus dioses. Se trata de poder, a la gran idea de los judíos sobre la existencia de un solo Dios, siguió la de los cristianos, ahora es Hitler quien se declara el único Dios. Veamos las cosas como hombres, no como bebés.
—¿De qué sirve la razón en un mundo gobernado por la locura.
El Juicio de Dios

La recomendación cinematográfica de la décima emisión, El Juicio de Dios es difícil de seguir, aun cuando atrapa la mente y compromete el corazón. No hay en ella nada superfluo, avanza el hilo narrativo sumando cuestionamiento al martirio de quienes aguardan su turno para morir en la cámara de gas.
Esta no es una película más sobre la brutalidad y la muerte en los campos de exterminio. Es un examen de conciencia y un de profundis a un par de horas de la propia muerte. Encontrar en Dios al culpable o reconocer en él al salvador, es el último recurso de los condenados para procurarse consuelo. Aterrados tras pasar una rápida selección para determinar quién irá a la cámara de gas, conducen un juicio en el que el acusado es Dios, su delito: haber quebrantado el pacto sellado con Moisés en el Monte Sinaí. Los parlamentos de los personajes en inglés británico despistan al inicio, matiz que se olvida con la profundidad de los primeros argumentos.

Hacinados en sus literas, unos presos rezan mientras otros maldicen. En el drama sicológico y filosófico para televisión coproducido por Hat Trick Productions, WGBH Boston y la BBC Escocesa, El Juicio de Dios, se improvisa una corte rabínica en la tradición de un Sanedrín. Antiguamente formado por 23 jueces en cada ciudad judía, funcionaba como cuerpo judicial y actuaba en el ámbito civil; en la barraca bastaron tres presos para conducirlo: un dayan o inquisidor, un juez (profesor en derecho penal) y un rabino.

Para invitar al espectador a seguir el juicio desde una meta posición, la película comienza con la visita de un grupo de turistas a Auschwitz. Salvo por las escenas que se intercalan del recorrido de  los visitantes, el escenario se limita a la lúgubre barraca. La salida de los presos a la cámara donde se les despoja de su humanidad rapándolos y desnudándolos para tatuarlos y hacerles poner el uniforme a rayas, es la única variación de escenario antes de dirigirse a la cámara de gas. Un hombre mayor relata durante el recorrido a una joven la historia sobre el Juicio de Dios. Cottrell Boyce asegura que la trama reúnes historias apócrifas. 

Los personajes que representan facetas y facultades del espíritu contribuyen con cada punto, coma y signo asentado en el justo instante de vacío dramático. Incluso el silencio es un recurso para dar tiempo al espectador a asimilar los complejos planteamientos. No es posible tomar partido ni por el académico, el científico ateo, el carcelero, el hombre de fe, el hombre refugiado en la tradición, el sabio, el religioso obediente, el religioso racional, el sanador o el cínico, ya que cada uno se hace de una muleta existencial.
Un estudiante, gracias a su memoria y conocimiento, se convierte  en una Torá viviente, entre llanto y desconcierto recita el salmo 81 en el que se registra la promesa de Dios al pueblo judío.
De boca del rabino sanador, el recuento de la historia del pueblo judío confronta a los presos tumbados en sus literas tanto como al espectador en su sillón, con la irreconciliable idea de un dios bondadoso. Los hechos sangrientos que enumera: persecuciones, esclavitud, purgas y desastres naturales en los que mueren sin misericordia no sólo judíos, sino romanos y egipcios; mujeres, ancianos y niños para cumplir con la voluntad de Dios dimensiona su martirio brevemente. Acechados por el tiempo que se agota, sus dilemas se suceden confundiéndolos aún más. Intentan interpretar el holocausto, su pérdida del libre albedrío, la necesidad de la fe y sus raíces, el origen del sufrimiento, la mente y naturaleza de Dios, el papel del hombre en el universo y la historia del éxodo judío con honestidad conmovedora.
Mientras para unos el holocausto es una purificación, para otros es la traición de Dios, quien ha cambiado de bando y permite que el nuevo pueblo elegido porte el lema gravado en su cinturón: Gott Mit Uns, Dios con nosotros. De frente al cadalso, los recursos para debatir entre quienes acusan a dios y quienes se aferran a él, hacen de los presos un solo condenado. Los paradigmas y disyuntivas permanecen abiertos a un desenlace que la humanidad lamentará siempre.

—Que no les quiten a Dios, aunque sea inútil, aunque no exista, consérvenlo, es lo único que los nazis no podrán arrebatarles.

Una vez emitido el veredicto, cuando los nazis llegan a la puerta de la barraca para conducirlos a la cámara de gas, uno de los jóvenes pregunta:

—Rabino, ¿qué hacemos ahora?
—Ahora, rezamos.


El Juicio de Dios/ God on trial
Guión: Frank Cottrell Boyce
Dirección: Andy De Emmony
2012
90 min

 

 

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