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Concierto para clarinete y orquesta en A mayor, K 622

Wolfgang Amadeus Mozart

Por Laia Bárber

 

                La recomendación musical del IV bimestre sentó tal precedente para el clarinete como instrumento orquestal que los expertos se cuestionan sobre qué fue primero: ¿el clarinete o el Concierto para clarinete y orquesta en A mayor de Mozart, K 622?

Como correspondía a los conciertos para instrumento solista y orquesta en el clasicismo, éste consta de tres movimientos, el link al calce, que peca de avaro, lleva sólo al segundo movimiento, el adagio. Sin embargo, para apreciar en su justa dimensión el concierto es preciso escucharlo completo.

Clarinete

La melodía cantábile o cantable del adagio es un remanso de paz en el que la melancolía reina desde un tono menor en el que el autor, también comprometido con la composición de un Réquiem, K 626, se acerca a su propia muerte.

Mozart murió en 1791, un año tan prolífico como los veinticinco anteriores. Compuso el Concierto para piano K 595  en enero, en abril el Quinteto de cuerda K 614  y el Ave Verum K 618 en junio. En agosto del mismo año viajó a Praga, tres días de trayecto en carreta, para supervisar la primera representación de La Clemenza di Tito, y en septiembre celebró la premier de La Flauta Mágica en un teatro de Viena. Murió el 5 de diciembre, el Concierto para clarinete y orquesta lo estrenó también en Praga dos meses antes. El dieciséis de octubre acompañó al clarinetista austriaco Anton Stadler, amigo y compañero masón a quien compuso y dedicó la obra que él mismo interpretó como solista en la presentación.

Sumar hechos a la recomendación ayuda a dar cierta dimensión a la obra y a disponer el oído para una grandeza difícil de describir sin citar circunstancias, valga la incongruencia, que no tienen nada que ver con la composición en sí.

La primera versión del Concierto para clarinete y orquesta se cree fue un esbozo de 1789 para clarinete bajo (basset horn) que Mozart traspuso al clarinete modificado de Sadler, que a su vez, derivó en una tercera variante que en 1802 se reeditó para clarinete alto. Perdida la partitura autógrafa de tal esbozo, sucedió al concierto lo que al Réquiem, pues existen dudas sobre cuánto compuso él y cuánto terminó o rehízo su alumno Süssmayr. En el caso del concierto para clarinete, las ediciones posteriores son de compositores anónimos. El asunto es tan complejo como suele ser la historia de la música, Colin Lawson escribió un libro sobre el tema, Mozart: Clarinet Concerto, para quien desee profundizar. Es pertinente la digresión histórica porque justifica el sinnúmero de versiones. Según Keith Koons*, entre las versiones editadas por Burmeister/Peters y Wright/Southern tan solo en el primer movimiento el número de anotaciones varía de dos a doscientas ochenta y seis.

La obra de Mozart fue clasificada por Ludwig von Köchel en 1862 de acuerdo a la fecha de composición. Designó un número a cada obra y asignó la letra K o KV (de Köchel Verzeichnis, nomenclatura Köchel en alemán) a cada una.

Por la atención que Mozart dedicó a este instrumento prácticamente desconocido e inexplorado en su tiempo, podemos concluir que debió apreciar la sonoridad del clarinete y la libertad que ofrecían sus registros para  evocar la voz humana. Gracias a él, el clarinete conquistó la configuración de la orquesta del siglo XVIII y hoy nos toca el alma desde un siglo y un espíritu remotos.

Mozart toma el canto como un punto de partida que Sharon Kam, clarinetista clásica nacida en Israel en 1971 y egresada de Juilliard, viste de himno.

*Keith Koons es profesor asociado de música en University of Central Florida en Orlando.

 

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