Sostiene Pereira
Antonio Tabucci

 

Laia Bárber            

     

     La magia de la literatura es exponencial y trabaja individualmente en formas inusitadas. Escribo esta recomendación en domingo y, para sentirme cerca del entrañable protagonista de Tabucchi en su novela Sostiene Pereira, desayuno omelette a las finas hierbas y limonada con azúcar. Aparentemente, resignado y conforme con la muerte de su esposa, la dictadura de Salazar en Portugal y la dirección de la sección cultural del periódico Lisboa que encabeza, el periodista Pereira resiste los embates de la vida con un corazón frágil y el gusto por las limonadas y los omelletes a las finas hierbas. Situada en Lisboa en el turbulento año de 1938, Sostiene Pereira del autor italiano Antonio Tabucchi es la recomendación del bimestre XXII del blog Caprichos de Autor.

Adaptación cinematográfica de la novela homónima del escritor italiano Antonio Tabucchi dirigida por Roberto Faensa, música de Monrricone, protagoniza Marcello Mastroianni

     La novela es el testimonio de un alma en pena que añora su otrora “besado por el mar y el clima” Portugal de la infancia. Al resguardo de la propia historia nacional, Pereira languidece siempre que resurge de la inmersión a algún cuento francés del siglo XIX que traduce y publica bajo seudónimo para la edición vespertina del diario. La convicción de que “un libro serio, ético, que trata de problemas fundamentales es beneficioso para la experiencia del lector” lo ayuda a pasar la vida. Sin embargo, no hay libro capaz de detener a “la policía cuando campa por sus respetos, mata a la gente, hay registros, censuras, éste es un estado autoritario, la gente no cuenta para nada”, sostiene Pereira antes de que la dictadura lo golpee personalmente haciéndolo cambiar de postura.


     Mientras traduce Honorine de Balzac, obra sobre “la nostalgia del arrepentimiento”, las alianzas que Portugal estrecha con España e Italia enredan aún más su panorama existencial. La censura y su director restringen las posibilidades de publicar cualquier relato relacionado con guerras, conflictos, acciones y motivaciones que inculpen o menosprecien a alguno de los países de dicho eje en cualquier momento de su historia. Igualmente, se le hace saber que no está bien visto que difunda obra de poetas de naciones antagónicas -Francia, Inglaterra, Rusia-. Pereira cuestiona la vida que ha consagrado a la literatura durante aquel fatídico año, 1938, cuando el viejo mundo, frente a sus narices, es escenario de la ignominia que imponen por doquier los sistemas totalitarios. Pereira es testigo mudo de cómo a su gente se le somete a punta de fusil, y a algunos más, incluso, se les calcina instantáneamente, en el mejor de los casos, como sucedió a los habitantes de Guernica. En la parálisis que acosa a este hombre bueno e indefenso, es solo a través de los ojos de terceros que Pereira observa el peligro al acecho. Manuel, el mesero del restorán donde Pereira gusta de almorzar, comparte con él las noticias que un amigo sintoniza en una estación londinense. El padre Antonio, a quien acude en busca de explicaciones y contexto, lo pone a salvo de la herejía, una de sus mayores preocupaciones: “observo los mandamientos e intento no pecar, …, pero estoy algo confuso y además por mucho que sea periodista, estoy perplejo ante la polémica acerca de la postura de los escritores católicos franceses a propósito de la guerra civil española”, sostiene Pereira, para quien el hábito de conversar con el retrato de su mujer es otro síntoma de estancamiento crónico. Si bien, sale a trabajar, almuerza en algún café y regresa a casa aparentemente como cualquier viudo funcional, termina rumiando recuerdos y sobando su diccionario francés/español como si fueran las cuentas de un rosario.


     Un buen día, el presente se materializa en la figura de un joven que apuesta por la vida y la libertad. “Nosotros no hacemos la crónica, señor Pereira, nosotros vivimos la Historia”, asegura Monteiro Rossi antes de que su novia Martha acuse a Pereira de ser un “anarco-individualista como los que abundan en España”, remata. A Pereira Tabucchi lo escuda sin convicción y delicadeza tras el estereotipo del intelectual hasta que asesinan a su hijo simbólico… convocado, no casualmente, por el mismo Pereira para redactar necrológicas -elogios fúnebres- anticipadas de poetas y novelistas. “Usted es un intelectual, diga lo que está pasando en Europa”, lo insta una mujer alemana y judía con la que comparte cabina en el tren que conduce a Pereira a unas termas. Por otro lado, habiendo allanado su casa, la policía secreta le asegura que será implacable en el aniquilamiento de quienes “han perdido el sentido de la patria”. Para rematar, Cardoso, su cardiólogo, lo anima a escribir "un ensayo sobre el alma". No es gratuito, sino verosímil, que, tras instancias amenazantes, Pereira se convierta en una estatua de sal capaz de dar la cara solamente al retrato de su amada inmortal.

 

     Frente a mi vaso de limonada y con un bocado de omelette a las finas hierbas en su versión libre y modificada, cito mentalmente a unos cuantos intelectuales que en México han optado por el camino de la denuncia seria y responsable cuando tantos ciudadanos y políticos, especialmente, han perdido “el sentido de la patria”. La literatura no es entretenimiento, es fusil y es bomba.

 

 


Sostiene Pereira
Antonio Tabucchi
Anagrama 1994
Género: Ficción histórica

 

 

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